Estamos en Potes, pueblo cántabro. Después de comernos un buen cocido montañés, reposamos un rato en una plaza con una sombra deliciosa.
Unas parejas llaman al gato para darle algo de comer, una de las mujeres se asusta y empiezan a tirar piedras (pequeñas) al gato. Mi reacción fue buscar un establecimiento abierto para comprar algo de comer al gato.
Me costó poner la comida, ya que el gato rehuía la presencia humana, al final se logró poner cerca de él la lata, apareció el gato, y para asegurarse que no se le quitaba, clavó los colmillos y se fue hacia el centro del vehículo.
No volvimos a ver al gato, pero la lata estaba vacía cuando abandonamos la plaza tras el descanso.

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11 Octubre 2008 at 13:51